(EL BLOG DE LOURDES TÉLLEZ)
.
.

EL BOLÍGRAFO Y LA LIBRETA

Por Lourdes Téllez ©

Cuando a Porfirio Díaz se le ocurrió conceder una entrevista a James Creelman, corresponsal especial del Pearson’s Magazine de Nueva York, en marzo de 1908, nunca se pudo imaginar que sería el principio del fin de su dictadura. El General Díaz, ya casi chocheando, dijo a Creelman sin tapujos ni vacilaciones: «Tengo firme resolución de separarme del poder al expirar mi periodo, cuando cumpla ochenta años (…) y no volveré a ejercer la presidencia» . Dos años después estalló la Revolución Mexicana.

Ni los generales más rejegos, ni los bandidos más rastreros, ni los grandes trusts estadounidenses, ni siquiera el historiador más visionario; nadie pudo imaginar que un simple periodista armado con su bolígrafo y su libreta acabase con el gran dictador de Oaxaca. ¿Tiene el Periodismo alguna importancia en la sociedad? Con este ejemplo el lector se podrá dar perfecta cuenta del porqué al Periodismo se le ha llamado el «Cuarto Poder» (término acuñado por Macaulay y Burke en los albores del siglo XVII).

Y es por ese poder que entraña el Periodismo, que se ha visto amenazado por represiones y limitaciones a lo largo de su existencia. Incluso a día de hoy, cuando nos gloriamos de poseer una Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando la casi totalidad de nuestras constituciones contempla la libertad de expresión, vemos cómo los periodistas se ven amenazados, amordazados y hasta privados de su vida por ejercer su profesión.

El Periodismo, sin embargo, no es sólo un arma política con la cual un bando puede ensuciar al otro. El Periodismo es el arte de contar lo que pasa en el mundo, lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable, lo triste y también lo divertido. El Periodismo es la historia contada minuto a minuto, pese a quien le pese y cueste lo que cueste. No es fácil ser representante de esta profesión, que tiene sus santos (o más bien sus mártires) y sus diablos.

La información es la materia prima del periodista; su cabeza y la agudeza intelectual que tenga serán sus herramientas de trabajo; y el mundo entero será su centro laboral. De cómo utilice todos estos elementos, dependerán su ética y su autorregulación. Poruqe si cualquier trabajo debe regirse por principios morales o éticos, cuanto más el Periodismo, que trabaja con la reputación, el honor, el sufrimiento, la pobreza y la miseria de mucha gente de todos los estratos sociales.

El Periodismo es necesario porque la misma sociedad lo demanda, al grado de erigirlo como un derecho: el derecho a la información. Pero lo que tal vez debería demandar esa sociedad cada vez más consumista y superficial, es calidad y profesionalidad en la información dada por los periodistas. Tendría que ser más crítica, más pensante, menos sumisa y exigir unos contenidos más interesantes, más profundos, más analíticos y menos tendenciosos y partidistas.

Mención especial merece el Periodismo audiovisual que se ha convertido en una poderosa y organizada empresa. Los grandes grupos de comunicación han crecido gracias a su participación en el mercado audiovisual. Es un Periodismo diferente, más vago y superficial pero con una gran penetración en la sociedad, al grado tal que ha provocado una revolución tecnológica y económica constante. Algunos autores afirman que nunca se sabrá si la investigación y desarrollo ha sido la causa del avance tecnológico o si es gracias a la inversión en los medios.

Y es que resulta que el Periodismo y la información se han convertido en un objeto más, presa de las leyes de la oferta y la demanda capitalistas. Hoy la información se ve incluso como uno de los grandes instrumentos de ocio. Esto ha traído consecuencias gravísimas para la profesión, que se ve envuelta en una dinámica frenética de imágenes, símbolos y estereotipos que poco tienen que ver con la realidad que sigue su curso en el mundo.

Hoy los medios de comunicación y, por ende, el trabajo periodístico, tienen una influencia poderosísima en la política. Antes se hacía política desde la trinchera de los partidos políticos; hoy, los partidos políticos buscan desesperados un espacio en los medios y dirigen sus campañas en función de la disponibilidad y del tiempo en ellos.

¿El Periodismo es importante en la sociedad actual? Claro que lo es, al grado tal que no se concibe ya un siglo XXI sin medios de comunicación e información. Pero eso sí, el periodista de este tiempo está llamado a ser más profesional y más incisivo en su trabajo, porque tiene más medios, más recursos, más tecnología… Elementos que no deben servirle para que se acomode y espere la llegada de la información así sin más.

El Periodismo es un arte de muchos siglos atrás. Si se ha conservado, es gracias a la abnegada labor de unos pocos, que siguen luchando y aplicando las leyes básicas del ejercicio periodístico: el trabajo y el tesón acuñado bajo el arma y la bandera de un bolígrafo y de una libreta.

UNA PROFESIÓN PELIGROSA (Completo)

Por Lourdes Téllez ©

Eran las nueve de la mañana del primer día del mes de octubre y en el hotel Camino Real de la calle Mariano Escobedo de la Ciudad de México iniciaba la sesión de la Comisión de Libertad de Prensa e Información. Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Colombia, Guatemala, México. Todos los países de América estaban representados en la 62ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Periodistas (SIP) y en breve se conocería las condiciones y amenazas bajo las cuales trabajan y ejercen su profesión los informadores de cada país.

El primero en subir al estrado y comenzar una larga jornada de informes que prometía para muchos ser tediosa y aburrida, fue el representante de la SIP en Argentina. Quienes estaban todavía adormilados en aquella mañana de domingo, fueron despertando al vaivén de las graves declaraciones del periodista argentino: «En mi país el Gobierno organiza bandas fascistas, comités bolivarianos que atacan y amenazan constantemente a los medios no alineados con el poder». La cosa se ponía interesante. ¡Cómo es posible que en un país como Argentina se violen tan flagrantemente los derechos de las personas!

Siguió luego el representante boliviano y todos suponían un informe más tétrico que el de Argentina; y así sucedió. «Evo Morales persigue a la prensa, a los medios que no son del gobierno; nos llama oligarcas, nos señala y hace llamamientos para boicotear nuestro trabajo». Si se toma en cuenta la dinámica del Gobierno boliviano, es fácil suponer que esto sea sólo el comienzo de una represión más acentuada en unos cuantos años, concluyó el periodista boliviano.

Y tocó el turno a Cuba. Para empezar, quien se dispuso a leer el informe era un uruguayo debido a que el representante cubano «no pudo asistir a la asamblea». Con voz entrecortada y conmovida, el periodista comenzó su discurso: «Quiero hacer un llamado a que no se olviden de Cuba». Era un reproche y a la vez una súplica a nombre de todos los que después de 47 años de represión castrista siguen al pie del cañón en la clandestinidad o el exilio. Represión que significa torturas, encarcelamientos sin juicio previo, maltrato, hostigamiento. Amenazas que están latentes día y noche, pero que no amedrentan a una sociedad que cada día busca sus derechos más sagrados. Sirva el dato: 30,000 cubanos están abonados a la televisión satelital clandestina a riesgo de sus propias vidas.

Fue en esta comparecencia del uruguayo que representó a los cubanos, donde un hombre de aspecto cansado y ceño entristecido, el periodista Emilio Guedes, se levantó de su asiento pidiendo la palabra: «Fui el director de comunicación del Movimiento 26 de julio liderado por Castro y fui el primer miembro de ese movimiento en abandonar el país como protesta de la traición a la libertad». Con las manos temblorosas y la voz entrecortada que inspiraban una compasión casi teresiana, todos los asistentes escuchaban atentos y conmovidos las palabras de este periodista de ochenta años, exiliado en Miami, que aún continúa su lucha por la libertad lejos de su querida Cuba.

Chile, Guatemala, Estados Unidos, Colombia, México. Todos los informes tenían algo que contar, ningún país latinoamericano estuvo exento. En Guatemala las cosas van de mal en peor: un reportero con un disparo en la boca para que «se calle»; en Venezuela, el director de un periódico de Caracas asustado porque en su estancia en México se le ha notificado que tiene una orden de arresto por publicar una nota sobre los militares; en Colombia, un alcalde llama al linchamiento de los trabajadores de un medio local.

Así las cosas, los anfitriones, los mexicanos, no podían quedarse atrás: 22 asesinatos de periodistas en tan solo seis años. Desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, desde homicidios hasta atentados y amenazas… las cosas en México no pintan mejor que otros lados. Y para «cerrar con broche de oro», un oaxaqueño pidió la palabra; con los mismos nervios y el miedo en el cuerpo, nota característica de todos los que tenían una ‘experiencia’ que contar, el periodista aseveró: «Sólo recuerden que en Oaxaca reina el caos más absoluto y que no tenemos garantías en el libre ejercicio de nuestro trabajo; nos asaltan, nos queman nuestras instalaciones, nos balean cada dos por tres… Sólo les pido que no se olviden de Oaxaca; sólo les pido que recuerden que Oaxaca también es parte de México; ayúdenos».

Con tan lacónicas palabras terminó la sesión; los presentes se fueron levantando uno a uno para salir de aquel escenario que tras largas horas se volvió macabro. Se acababan de relatar muertes, asesinatos impunes, amenazas, hostigamientos, presiones; todo contra los periodistas. Hombres y mujeres que no se amilanan, sino lo contrario: siguen luchando por la verdad y por la libertad, aún a sabiendas de que el periodismo, visto lo visto, es una profesión peligrosa.

(Octubre 2006. Todos los Derechos Reservados)

DOS COSAS DISTINTAS (Completo)

Por Lourdes Téllez ©

Cuando aquel día de mayo cruzó la puerta de la clase un hombre gris, con gafas grandes y pelo canoso, todavía flotaban en mi mente las ganas de ser ‘corresponsal de guerra’. Quien nos visitaba era el esposo de la profesora de redacción para audiovisuales, Ángela Núñez (presentadora del informativo de la noche de Radio Nacional de España). Aquel hombre parecía el típico nerd sacado de una ridícula película estadounidense, pero con veinte años más. Inofensivo, ‘buenagente’ y ‘levantapasiones’ de las compañeras de clase más insulsas. Así era Fran Sevilla y con su camisa lisa y muy gastada, gris (para variar), comenzó a hablar a los románticos e idealistas estudiantes de Periodismo.

Así como Pérez-Reverte relata en uno de sus libros (esos en los que el autor se quiere tanto a sí mismo que cansa) el día en que dio una conferencia a los estudiantes de Salamanca, Fran Sevilla llegó al aula donde su buena mujer daba clase. Las palabras de más y las preguntas de menos, esa mañana previa a los temidos exámenes finales, un corresponsal de guerra se apostaba en la trinchera de nuestro salón de clase en el apacible mayo madrileño. Todos sabíamos que estábamos frente a la estrella, frente a aquél que se la jugaba en Irak, en Guatemala, en el Congo y en la Cochinchina. A diferencia de los alumnos de Comunicación de la Universidad Anáhuac de la Ciudad de México, donde estudié seis extraños meses de intercambio al año siguiente, la mayoría de nosotros en nuestros tres primeros años de carrera, queríamos ser corresponsales o enviados especiales, andar entre bombas, entre soldados, entre la ONU y Kofi Annan.

Cuando este personaje terminó de relatar cómo una parvada de milicianos de Sadam Hussein se montaron en su coche y sin entender ni jota fue llevado a la mezquita más cercana para ser ejecutado, comprendí cuales eran mis verdaderas aspiraciones. Quería ser periodista de investigación, de internacionales, de política, de cultura y hasta de sucesos, pero nunca corresponsal de guerra. Porque si el Periodismo es vocacional, el Periodismo de guerra es una vocación aparte.

Ser corresponsal de guerra significa renunciar a muchas cosas. Si el Periodismo en sí mismo, el más normalito, significa no tener un horario, andar siempre de prisa y corriendo, vivir en la más completa inestabilidad, no me imagino andar seis meses errante en un país inhóspito, siempre a salto de mata, esperando la muerte en cualquier esquina. Porque prefiero investigar y jugarme la vida en la ciudad, que a veces es tan peligrosa y corrupta como Bagdad, y vivir un poco más… eso, vivir simplemente. No me veo en la piel de Fran Sevilla, que para que ‘descanse’ lo mandan a hacer un reportaje sobre los asesinatos en Ciudad Juárez o a cubrir las elecciones de Nigeria.

Lo mejor de aquella narración de las ‘batallas’ (nunca mejor dicho) de un corresponsal de guerra, fue que al final, muchos de nosotros alcanzamos un peldaño más en esta profesión. Nos definimos, nos perfilamos. Ya no vacilamos ante la pregunta que todos los profesores formularon el primer día de clase: ¿por qué quieres ser periodista?. Quiero ser periodista de prensa escrita en la sección de Nacional o quiero ser comentarista deportivo en la radio. Todos teníamos un futuro más claro en nuestras mentes…

Y no faltó quien, al silenciarse el último aplauso de agradecimiento a Fran Sevilla, se dijo para sus adentros: «Pues sigo queriendo ser corresponsal de guerra». Porque al fin y al cabo… son dos cosas distintas.

NOTA: Os ofrezco un ejemplo de uno de tantos corresponsales de guerra, muertos en 'acto de servicio'... José Couso.



(Octubre 2006. Todos los Derechos Reservados)