Por Lourdes Téllez ©
Cuando aquel día de mayo cruzó la puerta de la clase un hombre gris, con gafas grandes y pelo canoso, todavía flotaban en mi mente las ganas de ser ‘corresponsal de guerra’. Quien nos visitaba era el esposo de la profesora de redacción para audiovisuales, Ángela Núñez (presentadora del informativo de la noche de Radio Nacional de España). Aquel hombre parecía el típico nerd sacado de una ridícula película estadounidense, pero con veinte años más. Inofensivo, ‘buenagente’ y ‘levantapasiones’ de las compañeras de clase más insulsas. Así era Fran Sevilla y con su camisa lisa y muy gastada, gris (para variar), comenzó a hablar a los románticos e idealistas estudiantes de Periodismo.
Así como Pérez-Reverte relata en uno de sus libros (esos en los que el autor se quiere tanto a sí mismo que cansa) el día en que dio una conferencia a los estudiantes de Salamanca, Fran Sevilla llegó al aula donde su buena mujer daba clase. Las palabras de más y las preguntas de menos, esa mañana previa a los temidos exámenes finales, un corresponsal de guerra se apostaba en la trinchera de nuestro salón de clase en el apacible mayo madrileño. Todos sabíamos que estábamos frente a la estrella, frente a aquél que se la jugaba en Irak, en Guatemala, en el Congo y en la Cochinchina. A diferencia de los alumnos de Comunicación de la Universidad Anáhuac de la Ciudad de México, donde estudié seis extraños meses de intercambio al año siguiente, la mayoría de nosotros en nuestros tres primeros años de carrera, queríamos ser corresponsales o enviados especiales, andar entre bombas, entre soldados, entre la ONU y Kofi Annan.
Cuando este personaje terminó de relatar cómo una parvada de milicianos de Sadam Hussein se montaron en su coche y sin entender ni jota fue llevado a la mezquita más cercana para ser ejecutado, comprendí cuales eran mis verdaderas aspiraciones. Quería ser periodista de investigación, de internacionales, de política, de cultura y hasta de sucesos, pero nunca corresponsal de guerra. Porque si el Periodismo es vocacional, el Periodismo de guerra es una vocación aparte.
Ser corresponsal de guerra significa renunciar a muchas cosas. Si el Periodismo en sí mismo, el más normalito, significa no tener un horario, andar siempre de prisa y corriendo, vivir en la más completa inestabilidad, no me imagino andar seis meses errante en un país inhóspito, siempre a salto de mata, esperando la muerte en cualquier esquina. Porque prefiero investigar y jugarme la vida en la ciudad, que a veces es tan peligrosa y corrupta como Bagdad, y vivir un poco más… eso, vivir simplemente. No me veo en la piel de Fran Sevilla, que para que ‘descanse’ lo mandan a hacer un reportaje sobre los asesinatos en Ciudad Juárez o a cubrir las elecciones de Nigeria.
Lo mejor de aquella narración de las ‘batallas’ (nunca mejor dicho) de un corresponsal de guerra, fue que al final, muchos de nosotros alcanzamos un peldaño más en esta profesión. Nos definimos, nos perfilamos. Ya no vacilamos ante la pregunta que todos los profesores formularon el primer día de clase: ¿por qué quieres ser periodista?. Quiero ser periodista de prensa escrita en la sección de Nacional o quiero ser comentarista deportivo en la radio. Todos teníamos un futuro más claro en nuestras mentes…
Y no faltó quien, al silenciarse el último aplauso de agradecimiento a Fran Sevilla, se dijo para sus adentros: «Pues sigo queriendo ser corresponsal de guerra». Porque al fin y al cabo… son dos cosas distintas.
NOTA: Os ofrezco un ejemplo de uno de tantos corresponsales de guerra, muertos en 'acto de servicio'... José Couso.
(Octubre 2006. Todos los Derechos Reservados)
DOS COSAS DISTINTAS (Completo)
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