Por Lourdes Téllez ©
En octubre de 2006, asistí en la Ciudad de México a una charla entre Carlos Slim Helú y Felipe González, en el marco de una asamblea de la Sociedad Interamericana de Periodistas. El empresario defendía un sistema sanitario y de pensiones similar al de EE.UU., donde la sociedad vive a expensas de los seguros médicos y de retiro privados. Dándole una ligera palmadita en la espalda, el ex-presidente socialista Felipe González, discrepó con rotundidad, afirmando que el Estado es el que debe garantizar la educación, la sanidad y las jubilaciones, no el sector empresarial. Pero Carlos Slim siguió a lo suyo, sin aceptar otras ideas.
Un año después lo comprendí todo. El magnate mexicano desbancó a Bill Gates como el hombre más rico del mundo, al acumular en su bolsillo cerca de 67,800 millones de dólares. Estas cifras astronómicas respondieron todas mis dudas. Un hombre que posee la mitad de las empresas de México, puede llegar a creerse superior al Estado, desdeñar todo lo público y propugnar por un sistema de “beneficencia” del empresariado para sus trabajadores. Ojalá que alguien le pueda explicar a Slim la diferencia entre el rollito ese de la RSC (responsabilidad social corporativa) y la razón de ser del Estado, que, aunque no lo parezca en algunos países, es garante del bien común.
Los analistas afirman que Carlos Slim amasó su fortuna entre las décadas de los ochenta y noventa, gracias a sus buenas relaciones con los políticos de esos años. Compró, vendió y ganó, gana y seguirá ganando. Y como siempre hay algo turbio en estas historias, tal vez por eso empresarios como Slim busquen hacer más agradable su imagen, con fundaciones de fines sociales, con donativos millonarios a las fundaciones de otros millonarios, con la típica foto al lado de niños pobres o lisiados en silla de ruedas. La Fundación Carso o la Fundación Telmex, son las “empresas sociales” de Slim. Pero cuidado. Slim se ha quedado corto. En comparación con Bill Gates o Warren Buffet, Slim no ha donado ni la cuarta parte de lo que los dos estadounidenses han aportado a fines benéficos.
Así las cosas, tanto Slim como los futuros millonarios hindúes y chinos que le pisan ya los talones, deberían saber que antes de las limosnas disfrazadas de obras sociales, está otra filantropía, que es muchísimo más eficaz: el pago de los impuestos reales que corresponden a sus fortunas. Quizás, con este “insignificante gesto tributario”, se le estaría dando el lugar a ese pobre Estado que ricachones como Slim burlan y desprecian.
¡Qué fácil es hacer negocios en Latinoamérica! Que se lo pregunten a Carlos Slim y a su amigo Daniel Ortega, "el defensor de la electricidad nicaragüense".
NOTA: ¿Por qué será que este artículo fue rechazado para su publicación en un medio universitario? Me he quedado sin respuestas (porque ya las conocía todas)...
(Diciembre 2007. Todos los Derechos Reservados)
LA FILANTROPÍA DE SLIM
en 15:07
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1 comentario:
Latinoamérica es un territorio singular, siempre lo ha sido y lo seguirá siendo. Es sorprendente cómo en un país (México) donde existe tanta desigualdad social y pobreza, surja uno de los hombres más acaudalados económicamente a nivel planeta; esto responde, como bien lo indicas, a las "amistades políticas". Lo de censura, son los jages del oficio del arte de ser periodísta, buen artículo colega.
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