Por Lourdes Téllez ©
Eran las nueve de la mañana del primer día del mes de octubre y en el hotel Camino Real de la calle Mariano Escobedo de la Ciudad de México iniciaba la sesión de la Comisión de Libertad de Prensa e Información. Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Colombia, Guatemala, México. Todos los países de América estaban representados en la 62ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Periodistas (SIP) y en breve se conocería las condiciones y amenazas bajo las cuales trabajan y ejercen su profesión los informadores de cada país.
El primero en subir al estrado y comenzar una larga jornada de informes que prometía para muchos ser tediosa y aburrida, fue el representante de la SIP en Argentina. Quienes estaban todavía adormilados en aquella mañana de domingo, fueron despertando al vaivén de las graves declaraciones del periodista argentino: «En mi país el Gobierno organiza bandas fascistas, comités bolivarianos que atacan y amenazan constantemente a los medios no alineados con el poder». La cosa se ponía interesante. ¡Cómo es posible que en un país como Argentina se violen tan flagrantemente los derechos de las personas!
Siguió luego el representante boliviano y todos suponían un informe más tétrico que el de Argentina; y así sucedió. «Evo Morales persigue a la prensa, a los medios que no son del gobierno; nos llama oligarcas, nos señala y hace llamamientos para boicotear nuestro trabajo». Si se toma en cuenta la dinámica del Gobierno boliviano, es fácil suponer que esto sea sólo el comienzo de una represión más acentuada en unos cuantos años, concluyó el periodista boliviano.
Y tocó el turno a Cuba. Para empezar, quien se dispuso a leer el informe era un uruguayo debido a que el representante cubano «no pudo asistir a la asamblea». Con voz entrecortada y conmovida, el periodista comenzó su discurso: «Quiero hacer un llamado a que no se olviden de Cuba». Era un reproche y a la vez una súplica a nombre de todos los que después de 47 años de represión castrista siguen al pie del cañón en la clandestinidad o el exilio. Represión que significa torturas, encarcelamientos sin juicio previo, maltrato, hostigamiento. Amenazas que están latentes día y noche, pero que no amedrentan a una sociedad que cada día busca sus derechos más sagrados. Sirva el dato: 30,000 cubanos están abonados a la televisión satelital clandestina a riesgo de sus propias vidas.
Fue en esta comparecencia del uruguayo que representó a los cubanos, donde un hombre de aspecto cansado y ceño entristecido, el periodista Emilio Guedes, se levantó de su asiento pidiendo la palabra: «Fui el director de comunicación del Movimiento 26 de julio liderado por Castro y fui el primer miembro de ese movimiento en abandonar el país como protesta de la traición a la libertad». Con las manos temblorosas y la voz entrecortada que inspiraban una compasión casi teresiana, todos los asistentes escuchaban atentos y conmovidos las palabras de este periodista de ochenta años, exiliado en Miami, que aún continúa su lucha por la libertad lejos de su querida Cuba.
Chile, Guatemala, Estados Unidos, Colombia, México. Todos los informes tenían algo que contar, ningún país latinoamericano estuvo exento. En Guatemala las cosas van de mal en peor: un reportero con un disparo en la boca para que «se calle»; en Venezuela, el director de un periódico de Caracas asustado porque en su estancia en México se le ha notificado que tiene una orden de arresto por publicar una nota sobre los militares; en Colombia, un alcalde llama al linchamiento de los trabajadores de un medio local.
Así las cosas, los anfitriones, los mexicanos, no podían quedarse atrás: 22 asesinatos de periodistas en tan solo seis años. Desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, desde homicidios hasta atentados y amenazas… las cosas en México no pintan mejor que otros lados. Y para «cerrar con broche de oro», un oaxaqueño pidió la palabra; con los mismos nervios y el miedo en el cuerpo, nota característica de todos los que tenían una ‘experiencia’ que contar, el periodista aseveró: «Sólo recuerden que en Oaxaca reina el caos más absoluto y que no tenemos garantías en el libre ejercicio de nuestro trabajo; nos asaltan, nos queman nuestras instalaciones, nos balean cada dos por tres… Sólo les pido que no se olviden de Oaxaca; sólo les pido que recuerden que Oaxaca también es parte de México; ayúdenos».
Con tan lacónicas palabras terminó la sesión; los presentes se fueron levantando uno a uno para salir de aquel escenario que tras largas horas se volvió macabro. Se acababan de relatar muertes, asesinatos impunes, amenazas, hostigamientos, presiones; todo contra los periodistas. Hombres y mujeres que no se amilanan, sino lo contrario: siguen luchando por la verdad y por la libertad, aún a sabiendas de que el periodismo, visto lo visto, es una profesión peligrosa.
(Octubre 2006. Todos los Derechos Reservados)
UNA PROFESIÓN PELIGROSA (Completo)
en 12:04
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