
Por Lourdes Téllez ©
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Chetumal, capital del estado mexicano de Quintana Roo. Siete de la mañana en el mercado de abastos de la ciudad. Desde aquí partirá un destartalado autobús con más de cuarenta años hacia su destino final: Belice City, capital económica de un país olvidado. La frontera está a diez minutos y cuatro impávidos turistas que vienen de Cancún o Playa del Carmen, dos alemanes y dos mexicanos del norte, comienzan su aventura.
COROZAL, FRONTERA Y BURDEL
En la pequeña ciudad fronteriza de Corozal, ya en territorio beliceño, los turistas se dan cuenta de que era ahí donde realmente empezaría la historia de su viaje. Mientras que unos van con la curiosidad de lo que habrá más allá de los límites del país azteca, otros, grandes trotamundos experimentados, se quejan en la oficina de aduanas. A los alemanes les han quitado la fruta que llevaban para el viaje y les han cobrado 20 dólares como tarifa por una estancia superior a siete días. Su condición de ‘europeos ricos’ ha pesado a la hora de sellar el pasaporte.
Y es que los beliceños rascan de donde pueden el poco dinero que entra al país. Por eso, aprovechando muy bien la ley mexicana que prohíbe los casinos y los juegos de azar, han montado en Corozal un Las Vegas a lo cutre, sin grandes hoteles, sin casinos majestuosos, pero con todas las facilidades para que el mexicano apueste sin ningún tipo de apuros. En la calle principal (justo al lado del puesto fronterizo) se pueden ver sin pudor una serie de edificaciones, los casinos, con luces de neón que más bien le dan un toque a burdel que a sala de juegos donde se anuncia diversión y dinero, mucho dinero.
Sin embargo, de día, esta ciudad es una de las pocas de Belice con una actividad económica importante gracias a su estatus de “zona franca”. Aunque sea por unas horas por la mañana, la ciudad se convierte en mercado de aparatos electrónicos, ropa y comida llegados en barco de todos los puertos del mundo. Todo lo que se pueda vender a los mexicanos del sur y a los mismos beliceños de más al sur es bien recibido. Una vez acabada la venta, con la llegada de la noche, la ciudad vuelve a su aspecto de burdel barato y de casino mal avenido.
BELICE CITY
Con música de Bob Marley, el autobús se adentra en las maltrechas carreteras. Las pocas señalizaciones se leen en inglés, y esto, el idioma, junto a la moneda –dólares beliceños con el retrato de Isabel II– son los últimos rescoldos de la colonia británica. Las ventanillas no se abren y la humedad de fuera y el calor humano de 40 almas comienzan a enajenar al más cuerdo.
La cultura rastafari está presente en Belice. Pero ¿quién se habría imaginado que otra Jamaica existe a muy pocas horas? A los beliceños no les importa, ellos mantienen sus gustos y preferencias por la ropa y la música de esa corriente casi filosófica que huele siempre a marihuana. Belice fue en otro tiempo territorio maya; después perteneció al reino de Guatemala, para finalmente convertirse en lugar de trapicheo de esclavos del África Negra y de piratas ingleses que se aprovecharon de esta colonia para destripar los navíos españoles entre Cuba y La Española (hoy Haití y República Dominicana).
El grueso de la población actual es mestiza: hijos de mayas, europeos (ingleses en su mayoría, alemanes y españoles), africanos y asiáticos. Según el censo de 2003, el 45 por ciento de los beliceños son mestizos mayas y europeos; el 25 por ciento descendientes de negros; el resto es una mezcla extraña de estadounidenses, chinos e hindúes.
El arribo a la estación de autobuses de la ciudad de Belice no es para todos igual de placentero. Tras más de cuatro horas de baches, el resultado del esfuerzo de los cuatro turistas es una ciudad apagada, dormida y cansada de su pobreza. Belice City presume de tener la iglesia anglicana más antigua de Latinoamérica y de tener el único puente manual giratorio del mundo… Pero ni siquiera eso da esperanzas y autoestima a sus 70.800 habitantes.
Según se apea la gente del autobús venido de México, la mendicidad comienza a hacerse notar. En español o en un inglés con una pronunciación nunca antes registrada, niños, mujeres y hombres jóvenes que no pasan la treintena se acercan insistentes a los cuatro turistas.
UN ANUNCIO CONTRA EL SIDA
Al salir de la estación, se empieza a comprender que en Belice mejor estar sólo de paso. La primera escena que se ve a las puertas de la central de autobuses es un gran canal, del mismo ancho que la calle, color petróleo, de aguas negras, que cruza toda la ciudad y que desemboca en el mismo Caribe de las guías turísticas. La segunda escena es una gran valla publicitaria con una leyenda reveladora: “Protect yourself. Use a condom” (Protégete. Usa condón) firmado por la UNICEF y la Cruz Roja. El sida, nada más pisar el país, comienza a hacerse notar. La llegada de un negro a pedir limosna confirma las peores sospechas.
Ernold Fairweathen, 42 años, nacido en Placencia Village, al sur del país, es un paria entre los parias: tiene el VIH comiéndole la vida desde hace más de once años. Habiendo estudiado una carrera (un privilegio de pocos en Belice) ahora deambula por la estación de Belice mendigando comida. Su cuerpo llagado y malnutrido confirman el estado de su abandono. Quería trabajar y no lo contrataron por ser portador del sida y ahora, su aspecto no le deja escapatoria.
Como Ernold, existen otros 3.000 casos de sida en el país (según datos oficiales). Según la Organización Mundial de la Salud, entre un uno y un cinco por ciento de la población beliceña está infectada. Lo más duro, sin embargo, no es la cifra, sino la falta de tolerancia y el rechazo que sufre ese porcentaje de seres humanos escondidos tras un nombre y un cuerpo débil y carcomido por la enfermedad. Las palabras de otra mendiga de la estación confirma ese rechazo: “No le den nada a él... que tiene sida”.
“I’M HAPPY BECAUSE I WENT TO THE CHURCH”
Con este panorama, con una ciudad adormilada, con una tasa de desempleo que no ha bajado desde hace diez años –un 13 por ciento de la población activa desempleada- lo mejor es echarse en el soportal de la casa y ver pasar la vida. Aunque después de una fugaz visita a la ciudad de Belice, habiendo descubierto que lo del puente giratorio era verdad y que un maya habla mejor el inglés que un español, lo más sorprendente fue la cantidad de iglesias, templos y capillas anglicanas, protestantes y católicas de la ciudad.
Si alguien quiere ver una sonrisa de oreja a oreja y una mirada con un atisbo de esperanza, no tiene otra cosa que hacer más que acercarse a la catedral anglicana más antigua de Latinoamérica. ¿Por qué sonríes tanto? –preguntó un turista a una dependienta de una tienda de suvenires cerca de la catedral-. “I’m happy because I went to the church” (“Estoy contenta porque he ido a la iglesia”) –contestó sin vacilar. Si la religión era el opio del pueblo para Karl Marx, tal vez hubiera tenido razón en Belice, sólo que la perspectiva hubiera sido totalmente diferente. Mientras el opio adormila y nubla la conciencia, la religión de la dependienta era la única razón que le hacía seguir produciendo.
Viaje a una ciudad olvidada
en 14:08
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1 comentario:
Muy interesante, una visión fugaz pero penetrante de un país un tanto olvidado.
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